Arte Bonsái

EL BONSÁI COMO ARTE


La división clásica del Arte en Occidente entre Artes Mayores, Menores y Aplicadas, y la ubicación de la jardinería y todo lo que le rodea dentro de éstas últimas, hace que inconscientemente veamos más al bonsái como un conjunto de técnicas, y a lo sumo, como algo artesanal, que como un arte en toda regla.

No es difícil, viendo las innumerables publicaciones occidentales sobre bonsái, que los artículos sobre técnicas (de cultivo, formación y mantenimientos) representan prácticamente la totalidad de los textos. Se pueden encontrar algunos documentos sobre historia del bonsái, junto a eventos y biografías y es prácticamente inexistente lo referido al bonsái como expresión artística.

Todo buen aficionado sabe que en cualquier definición de bonsái aparece, como encuadre, que se trata de un arte oriental. Prácticamente nadie pone en tela de juicio esta afirmación, pero el problema antes mencionado se presenta en el momento en que, de la simple definición, como hemos dicho, claramente aceptada, se intenta profundizar en su significado.

Creemos, desde la FKB, que se debe hacer un supremo esfuerzo para el conocimiento del bonsái como expresión artística. Pero, este esfuerzo no debe dirigirse a conocer para copiar, sino a conocer para apreciar las obras y también para, siguiendo a Naka: “Conoce la regla, rompe la regla”.

Aunque pequemos de pretenciosos, es muy probable que en Occidente se encuentre la fuerza necesaria para llevar a cabo el cambio de rumbo en el Arte Bonsái; los manantiales con el caudal y frescor suficiente para que el fenómeno artístico brote a borbotones en un futuro no muy lejano, para lo que humildemente proponemos, imitando a Naka,:”Conoce el Arte, Crea Arte”.

EL BONSÁI COMO ARTE JAPONÉS


En nuestra civilización (cristiana), la concepción cosmogónica se basa en el principio de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, lo cual nos convirtió en el centro de la creación. Igualmente, tras el Pecado Original, nos vimos arrojados del Paraíso. Estos dos principios ha llevado a que nuestra relación con la Naturaleza ha estado asentada en una necesidad de dominarla, por un lado (por esta visión antropocéntrica), y por otro, para poder sobrevivir.

Por su parte, el lejano oriente tiene una concepción totalmente diferente. Su visión es, digámoslo así, cosmocéntrica. El hombre es parte de la Naturaleza (no su dueño) y se funde con ella, por lo que su expresión artística es un reflejo de esa unión, ya que su innata receptividad hacia el entorno se vuelve una actitud estética.

Estas dos concepciones tan dispares se han reflejado en conceptos de arte muy diferentes, planteando ya, desde el principio, un problema esencial, que es necesario abordar desde el momento que uno se acerca a una manifestación artística tan excepcional como es el bonsái.

Así se entiende cuando la autora Deborah Koreshoff dice: “Lo difícil que resulta para un occidental el hacer bonsái, al preferir los volúmenes al dominio de la forma”.


Para mayor complejidad, además de que cada cultura produce unas manifestaciones artísticas propias, a lo largo del tiempo se produce una evolución de las mismas, a veces con carácter de cambio total.

Pero a pesar de todas las barreras que nos puedan salir al paso, basadas en la singularidad del arte en cada cultura y en cada momento, el mismo sentimiento interior puede llevar a la utilización por parte del artista de herramientas, conocidas o descubiertas por él mismo, que ya han sido usadas en otros lugares y épocas, y que conduzcan a resultados análogos. Por ello, no debemos rendirnos y optar por el fácil camino de decir:”Debemos hacerlo a nuestra manera, ya que es imposible ponernos al nivel de los japoneses”, es decir interpretar la famosa cita de Naka a nuestra conveniencia, convirtiéndola en: “Si hay que romper las reglas, mejor no las aprendo y uso las mías propias”.

El bonsái es una de las artes japonesas más refinadas, y es evidente la influencia del Budismo Zen en la vida y cultura japonesas desde finales de la época Kamakura (1185-1333) y Muromachi (1333-1573).

El profesor Hisamatsu Shinichi, especialista y estudioso de la estética japonesa, identificó siete características comunes a las artes japonesas, que reflejan la profunda incidencia del Zen en el arte japonés.

Todo el abanico de finas artes japonesas, consideradas por el Zen como “caminos”(MISHI) se distinguen por estas características, que esbozan además el propio carácter japonés.

Las siete características son: Asimetría, Simplicidad, Naturaleza, Tranquilidad, Sublime Austeridad, Sutil Profundidad y Libertad de Acción. Dejaremos, dada la complejidad y extensión de su análisis, su exposición para otro momento.

Tal y como dice Francesco Merlo, compañero de la FKB en Italia, desde un punto de vista no tan pormenorizado, se pueden apreciar más claramente la fuerte presencia, casi constante, de tres características estéticas en el arte japonés:

1.- La implicación del observador

En el arte japonés subyace un fuerte sentido de interioridad en la obra, así como una íntima comunicación entre ésta y el observador.

Suzuki Daisetsu, monje y uno de los principales maestros zen de siglo XX, dijo:

“La belleza no está en la forma exterior, sino en el significado que ella expresa”.

Por su parte, Kakuzo Okakura dijo:

“La verdadera belleza sólo puede ser descubierta mentalmente por quién completa lo incompleto”.

Quizás el origen de la sugestión emane del concepto “Sabi”, definido por otro monje zen, Zeami (1363-1443). Etimológicamente tiene un significado próximo a soledad, pero es prácticamente intraducible. Es una soledad que sugiere, sólo están los elementos imprescindibles para evocar los significados, ante lo cual la postura del observador no puede dejar de ser activa. Es un dejar trabajar la imaginación y la emotividad.

La implicación del observador se ha convertido, también en occidente, en uno de los principios de lo que podemos denominar “arte contemporáneo”, así Schumann dice:

“La misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón humano”.

y Kandinsky:

“El estado de ánimo de la obra puede ahondarse y cambiar el estado de ánimo del espectador”.


2.- El vacío

Podemos decir del vacío que es:

“Eso no existente en que está lo que existe”.

Aunque parezca de “Perogrullo”, es algo que está implícito también en el concepto “Sabi” que, tanto en la filosofía como en la estética zen, no tiene un sentido de carencia sino de exaltación de una presencia.

A diferencia de occidente, donde se tiende a llenar para conocer y a buscar presencias maravillosas, en oriente se emplea el vacío para encontrar, para presentar las ausencias.

Se reducen los elementos formales a la mínima expresión, en la que el vacío se convierte en una inmensa presencia.

Un maestro Qing dijo:

“Si los lugares vacíos están bien puestos, el cuerpo entero estará vivo y cuantos más lugares vacíos haya menos aburrido resultará el conjunto”.

En el arte bonsái, el vacío debe ser el punto de partida, el objetivo y el medio del autor. La revelación de la Naturaleza en su discontinuidad.

Así, en las obras maestras, se aprecia el impacto que se produce por las paradojas conceptuales entre lleno y vacío ( Yin y Yang).

3.- Impresionismo

Es la integración con la Naturaleza, la actitud conceptual en la ejecución de la obra, captar la esencia de la realidad y plasmarla.

No importa tanto el objeto como la ilusión mental del objeto. Existe una preocupación sobre la expresión de la profundidad y el captar la esencia que subyace en el objeto.

Así dice Isamu Noguchi:

“El delicado equilibrio entre espíritu y materia sólo puede alcanzarse cuando el artista se ha sumergido tan profundamente en el estudio de la armonía de la naturaleza, que se convierte en parte de ella misma, en parte de la propia tierra, de manera que llega a apreciar las superficies internas y los elementos de la vida”.


El dinamismo de la obra bonsái viene dado por la propia Naturaleza, llegando hasta límites de dramatismos, como en el caso de “Resurrección” de Kimura, que producen un impacto esencial.


Se parte de una perspectiva diferente, una perspectiva móvil que produce en el espectador una sensación paradójica de accesibilidad e inaccesibilidad.